Aburrimiento

Ya empieza a bullir

Lo siento haciendo “chup, chup”

De momento está a fuego lento pero hervirá

Nos conocemos

Lo siento en las manos avanzando hacia la punta de mis dedos

Me sube y me baja, paseando sobre y bajo mi esternón

A veces desciende a las rodillas y me cosquillea los pies

No lo soporto. Me invade

Lo quiero fuera de mí. No me importa cómo

Si debo correr para esquivarlo, corro
Si debo saltar, pues salto

Lejos. Infinitamente lejos
Lejos. Atronadoramente lejos
Lejos. Lejos. Lejos

Busco charcos a los que lanzarme de cabeza
Para que salga de mí por la brecha de mi cráneo

Vete maldito. Desaparece

El opuesto a la vida no es la muerte

¡Némesis! ¡Archienemigo!

¡Tú!, jodida cara B de la vida.

¡Tú!, aburrimiento infinito.

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Uno de esos días

Me urge salir de trabajar.
Me urge ponerme a llorar.

Pero ya ni enfadada ni hundida.
Sentirme así es pura rutina.

#Alas

Ella cada día se levantaba pensando en volar. Tenía miles de cosas y proyectos en la cabeza, pero lo primero que hacía en cuanto abría los ojos, después de sonreír, era abrir la ventana de su dormitorio, desplegar las alas y salir a volar.
Aquel cielo casi nunca era azul, era gris y estaba lleno de nubes y así, era mucho mejor.
Podía meterse dentro de ellas y durante un rato, perder el sentido y volver a salir de allí intentando adivinar si el mundo estaría boca abajo o boca arriba cuando volviese a verlo.
A veces, cuando quería pensar, dejaba de aletear. Simplemente desplegaba las alas y dejaba que le llevasen las corrientes. Aquello se llamaba planear y lo había aprendido en aquel cuento que de pequeña le leía su madre.
Allá arriba pensaba en muchas cosas. A veces le dolía un poco el cuerpo con la humedad, lo tenía lleno cicatrices y le quedaban aún muchas heridas abiertas. No le hacía mucho caso. Llevaba así desde siempre y se había acostumbrado a eso. No iba a dejar de sonreír solo por un poco de dolor ahora que tenía alas.
Había soñado tanto con volar, y un día, de repente notó aquellos dos bultos que le estaban saliendo en la espalda.
Al principio se asustó porque siempre había creído que las personas como ella estaban hechas para vivir solo sobre sus dos piernas. Pero a medida que le iban creciendo más y más las alas, el miedo desapareció del todo y se centró en utilizarlas.
Según le habían ido creciendo, había cambiado casi todo en su vida.
Había llegado a ese sitio al que siempre le habían dicho que no iban las niñas como ella, la Universidad se llamaba, y allí se sentía como si hubiese encontrado una nueva casa.
Cuando se cansaba de volar, aquel lugar era el mundo por el que le gustaba caminar.
Allí la querían todos. Tenía tantos amigos que a veces no sabía ni como escapar un rato de ellos para meter la cabeza en sus queridos libros.
Los profesores no se metían con ella ni le decían lo poco que valía. Al revés, no paraban de decirle que iba a conseguir hacer muchas cosas.
Era feliz volando y era feliz en la tierra.
Y, además ahora, estaba aquella sensación que le invadía a todas horas.
Aquello era algo tan maravilloso que ni siquiera quería pensar sobre ello. Cuando estaba cerca de él, dejaba de dolerle todo. Simplemente se sentaban allí, se miraban a los ojos y se quedaban solos.
Estar con él era como entrar en una nube. El mundo desaparecía, pero con la diferencia de que cuando salías de ella, seguías sin ver nada durante mucho tiempo.

El tiempo pasó.
Ella seguía volando cada mañana, pero cada vez le costaba más salir. Le seguía encantando hacerlo, pero ya no sabía si le compensaba el precio que tenía que pagar por ello.
Había empezado a escribir, y algunas personas le estaban animando a seguir. Incluso aquel escritor tan conocido le había dicho que “allí había madera” y que estaba interesado en darle su opinión si le enseñaba más cosas.
Después de ir corriendo llena de alegría a contárselo a él, decidió no hacerlo. Una vez más, le había recordado que solo lo hacía por acostarse con ella.
Porque él era siempre el encargado de recordarle que todos los hombres del mundo querían acostarse con ella y que ese era el único motivo por el que se acercaban.
Porque ella, no era tan inteligente como había pensado. De hecho, no tenía por qué seguir estudiando luego para hacer un doctorado. ¿Para qué? Él ya tenía uno.
Tampoco tenía que pensar en ganar dinero, él ya tenía dinero.
Y poder.
Y todo lo que ella pudiese necesitar.
No tenía que preocuparse de nada. Solo hacerle caso.
Él la quería mucho. Muchísimo. Y eso que ya no era tan guapa como al principio de conocerse.
Era bonita, pero…
Porque siempre había un “pero”.
Aquel jersey le sentaba bien, pero había engordado un poco.
Aquel vestido nuevo le resaltaba los ojos, pero era demasiado corto.
Aun así, con todos sus defectos, él la quería muchísimo.
Y ella a él. Le quería tanto que cada vez le quedaban menos energías para querer nada más en su vida. Todas las tenía dedicadas para él.
Por eso le costaba cada vez más salir a volar cada mañana. No solo porque le dolía mucho cuando él se enfadaba por eso. Es que simplemente sentía que no tenía fuerzas para darse impulso y elevarse.
Así que empezó a salir menos veces. Primero un día sí y otro no. Luego dos veces por semana. Hasta que finalmente, un día se quedó durmiendo en la cama y no volvió a abrir la ventana.

Y el tiempo siguió pasando. Porque al tiempo no le importa lo que nos suceda y sigue su camino incesante.
Ella se lo había arrancado. Le echaba de menos a todas horas, pero sabía que necesitaba mantenerlo lejos. Era lo único que podía hacer.
Dolía tanto aquel amor que tenía que luchar a brazo partido con el deseo imperioso de volver y desaparecer en su interior.
Así que decidió desaparecer dentro de otros muchos sitios. Despertarse cada día en uno diferente desde donde no tuviese que ver al despertar, la ventana que tantos recuerdos le traía.
Tomaba todas las medicinas por ahí decían que ayudaban a olvidar y que calmaban el dolor.
Pero ninguna funcionaba mucho rato seguido. Siempre volvía y era aún peor.
Sabía que no podía seguir corriendo a trompicones, se había quedado sola en aquel mundo tan grande y ahora tenía que volver a aprender a caminar.
El mundo era ahora, mucho mayor que antes porque ella se había vuelto muy pequeña.
Estaba asustada. Por primera vez desde el día en el que le habían salido las alas, estaba volviendo a sentir miedo.
Así que pensó que lo mejor que podía hacer era comprarse una espada, pero se dio cuenta de que no iba a ser capaz de usarla.
Le habían enseñado a poner tiritas, pero no a infligir heridas.
Quiso comprarse un escudo, pero no tenía dinero, así que se le ocurrió una idea.
Podía esconderse dentro de otra persona. Si todo aquel daño había venido por ser como era, tenía que dejar de ser así.
Necesitaba un lugar donde estar escondida. Un sitio donde nadie fuese a buscarla.
Lo primero y fundamental era taparse los ojos.
Tenía unos ojos particulares, y había que evitar a toda costa que nadie se fijase mucho en ellos.
Luego la cara. Ni rastro de dulzura. Eso era vital.
El cuerpo era el lugar más complicado. No solo tenía que esconderse del amor, era importante que no le alcanzasen ni el deseo ni la necesidad de posesión.
Así que engordó hasta el punto en el que era irreconocible.
Y se quedó allí dentro. Mirando el mundo mientras descansaba.

Una vez más, el tiempo volvió a pasar y un día se dio cuenta de que quería volver.
Pero no podía salir así sin más.
Buscó a una mecánica de alas y le ayudó mucho a entender qué había pasado.
A la mayoría de las personas no les crecen las alas y jamás pueden volar. Pero no lo echan de menos.
Se acostumbran a vivir en la tierra y, de hecho, prefieren que sea así.
Él no tenía alas, pero ella jamás se había fijado en eso.
Pero, además, él creía que ella tampoco debía tenerlas porque eso le hacía sentirse muy asustado.
Quizás, si permitía que siguiese volando, una mañana, ella saliese por su ventana y no volviese jamás.
Así que tenía que destrozárselas. Necesitaba mutilarla para asegurarse de que se iba a quedar a su lado.
Cuando la mecánica de alas se aseguró de que ella había entendido bien aquello, era importante que no volviese a pasarle lo mismo en el futuro, le hizo una revisión de las alas.
Pobriñas. Estaban en bastante mal estado. Se habían quedado sin la mayoría de sus plumas. Tenían desgarros en algunas partes y cuando intentaron abrirlas se dieron cuenta de que estaban bastante anquilosadas.
Pero seguían allí. Seguía teniendo alas.

No sé cómo termina esta historia.
La última noticia que me dieron es que ella estaba saliendo a hacer prácticas de vuelo de vez en cuando.
Ahora salía a un cielo que casi siempre estaba azul y no había casi nubes donde esconderse. Pero aquel era solo un lugar para hacer prácticas.
Cuando volviesen a funcionarle bien las alas, ya volvería a volar por sus cielos grises llenos de nubes.

¿Y qué tal sería vivir cerca mirando al mar y haciendo el amor?

Creo que no se puede estar haciendo el amor 24 horas al día, o al menos no después de las primeras semanas de relación…es un tema de resistencia física.

Pero cuando estás enamorada puedes hacer el amor hasta mientras estás abriendo una botella de vino, solo es cuestión de delimitar donde empieza para ti el placer.

El mar te sana porque te regala olvido.

Y yo, me temo, que llegados a este punto de la vida, estamos todos tremendamente necesitados de olvidar un listado demasiado extenso de cosas.

A mí es que se me da fatal dejar nada atrás, y eso me trae las consecuencias que me trae.

Así que me vendría bien un neutralizador de memoria a lo “Men in black” pero en forma de mar con yodo que, a lo tonto, los años van pasando y dicen que es buenísimo para prevenir en el envejecimiento.

Sentarse y fluir. Porque hace tiempo que no fluyo casi nada.

Y hacer el amor. ¡De eso yo no me olvido!

Que me parece que existe una conspiración para irte haciendo olvidarlo según van pasando los años.

Pues, ¡No me da la gana!

Y eso que a mí, las personas en general, me parecen bastante desagradables en esto del sexo.

Se siente si alguien se ofende pero es lo que pienso. Y cuando escribo, me debo a la verdad. Y más aún cuando escribo sobre mi propia verdad.

¿Qué tendrá de interesante restregarte contra otra persona por puro instinto animal? Una persona que ni fu ni fa, que ni frío ni calor.

Paso mil.

Que las necesidades de orgasmo como elemento de desahogo ya se las cubre cualquiera un un plis plas sin que haga falta la colaboración de nadie.

Pero lo de hacer el amor ya es otra película. ¡Y qué película!

Será herencia de haberme gastado durante años la paga comprándome la Fotogramas pero a mí me encantan las películas.

Sobre todo esas donde ves a alguien y sientes la necesidad de refugiarte en su cuerpo mezclada con el deseo de disfrutar cada centímetro de su piel.

Fundirte.

Y en medio de la fusión, esas miradas que te indican donde está la compensación de tener que vivir, por el resto, una vida tan llena de dolor y de mierda.

Es que entre hacer el amor y follar en plan cutre, hay una diferencia brutal en la calidad de los orgasmos.

Cuando lo de correrse viene al final, en dos empujones jadeantes a lo perrillo…¡Malo!

¡Fatal!

Cuando el placer está en el aliento, en la caricia, en la risa o la humedad es cuando estás viviendo de verdad.

¡Sí, viviendo!

Porque el sexo es vida y es libertad.

Y claro, ¿cómo no voy a querer vivir entre la libertad del amor y el olvido del mar?

Me pregunto…

Bueno, para ser sincera, ya no me acuerdo lo que me estaba preguntando.

Buscando fotos del mar para ilustrar este texto, me ha entrado un ataque de olvido.

Gin Tonic

¿Y por qué no?

Al fin y al cabo, la madrugada de un sábado cualquiera, después de dos botellas de vino, y cuando un Gin Tonic está ya por la mitad, parecería que es el momento perfecto.

Hace un buen rato que algo dentro de sus cabezas se ha apagado. Ese maldito chisme que está siempre encendido y gritando: ¡Peligro!

Risas flojas.

¿Y por qué no?

Si hace rato que han bajado el telón de la exposición social.

Están solas, refugiadas en el salón. Bebiendo entre risas nerviosas mientras afuera llueve como si fuese el final del mundo

¿Qué más daría dejarse llevar ahora?

Si ya se han acariciado varias veces. Si ya se han besado a dos milímetros de la boca, y si ya se han mirado directamente a los ojos enseñándose el deseo.

Ellas pueden hacerlo. Está aceptado. Hay consenso en que pueden compartir piel.

¿Pero hasta dónde?

Otra mirada más buscando seducir. Otro sorbo al Gin Tonic. Recostarse en el sofá en un alarde de sensualidad.

Hablan de sexo entre risas. Muchas risas flojas. No lo dicen, pero piensan a gritos.

¿Y por qué no?

La idea se desliza por entre sus muslos, la idea les lame los labios.

El deseo pide en voz alta, que la siguiente caricia abra por fin las puertas.

Llueve fuera del salón pero la humedad está dentro.

Otro sorbo a la copa, en este puede estar el valor para dar el paso.

La sola posibilidad arde y quema entre las piernas.

Otra mirada. Esta ya es clara y las deja desnudas.

Tienen la ropa puesta pero están ya tan desnudas…

De pronto un comentario estúpido, una demostración de miedo, un anticipo de culpa.

Una corriente fría se cuela por la ventana que inmediatamente congela el salón.

La alarma mental se ha encendido de nuevo. Vuelve a estar activada.

Conversaciones vacías, risas que suenan falsas.

El salón se vacía a los pocos minutos de que lo hayan hecho las copas.

Cada una de ellas se desvela a solas en su cama.

Ellos

Nunca les entendí pero en ocasiones llegué a envidiarles.

Él era tan inseguro y vivía tan torturado, que apenas permitía que circulase el aire a su alrededor. Lo absorbía todo y por más que lo intentaba, no lograba encontrar ningún motivo para seguir adelante.

No era un hombre malo, al contrario, trataba con todas sus fuerzas de entregarse y compartir.
Pero le dolía tanto que a veces, cuando su dolor se descontrolaba, se transformaba en un monstruo gigante imposible de ser puesto bajo control. Arrasaba con todo y con todos, y sobre todo, le hacía daño a ella.

Ella que estaba hecha de luz brillante y de partículas de alegría. Nunca he vuelto a conocer a una persona así, cuando te miraba a los ojos te hacía entornar los párpados para poder verla bien entre tanta claridad.

Ella no caminaba, bailaba.
Ella no reía, cantaba.

Todos los que les rodeaban hacían los posible por separarlos porque nadie entendía bien como podía haber llegado a suceder aquel desastre.

Él era el primero que no quería estar allí, con ella.

Le apartaba a empujones, le pedía a gritos que se marchase y se daba la vuelta esperando herirle lo suficiente como para conseguir que se alejase de él.

No podía amar más de lo que amaba a aquella mujer alegre, y tenía que evitar que el monstruo terminase con ella.

Pero ella nunca se iba. Siempre permanecía allí.

En ocasiones se quedaba parada de pie, mirándole con los ojos muy abiertos.

Nunca me lo dijo pero sé que los demás no le importábamos. Con el tiempo he llegado a pensar que ni siquiera podía vernos. Ella solo le veía a él.

A veces, durante un segundo, mientras le miraba indefensa después de alguna indiferencia o desprecio, si te fijabas bien, dentro de aquellos ojos aparecía un destello de dolor y de desesperación. Pero en cuanto le llegaba, ella comenzaba a negar con la cabeza y aquello desaparecía en un instante.

Nunca los entendí, pero jamás me sumé a los intentos que hacían todos por separarlos.

Mirando sus ojos, llenos de luz en ella y llenos de oscuridad en él, supe que yo no podía interferir en algo que estaba hecho para estar unido.

Y pese a todo, sentí que les envidiaba.