haiku de haikus

La pluma que te
escupe palabras tristes
de mil poetas.

El sueño que
desborda un día más
lleno de nada.

Ciega luna
de la noche húmeda,
velado sueño.

Tu niña triste
que no juega ya más
a las princesas.

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Ellos

Nunca les entendí pero en ocasiones llegué a envidiarles.

Él era tan inseguro y vivía tan torturado, que apenas permitía que circulase el aire a su alrededor. Lo absorbía todo y por más que lo intentaba, no lograba encontrar ningún motivo para seguir adelante.

No era un hombre malo, al contrario, trataba con todas sus fuerzas de entregarse y compartir.
Pero le dolía tanto que a veces, cuando su dolor se descontrolaba, se transformaba en un monstruo gigante imposible de ser puesto bajo control. Arrasaba con todo y con todos, y sobre todo, le hacía daño a ella.

Ella que estaba hecha de luz brillante y de partículas de alegría. Nunca he vuelto a conocer a una persona así, cuando te miraba a los ojos te hacía entornar los párpados para poder verla bien entre tanta claridad.

Ella no caminaba, bailaba.
Ella no reía, cantaba.

Todos los que les rodeaban hacían los posible por separarlos porque nadie entendía bien como podía haber llegado a suceder aquel desastre.

Él era el primero que no quería estar allí, con ella.

Le apartaba a empujones, le pedía a gritos que se marchase y se daba la vuelta esperando herirle lo suficiente como para conseguir que se alejase de él.

No podía amar más de lo que amaba a aquella mujer alegre, y tenía que evitar que el monstruo terminase con ella.

Pero ella nunca se iba. Siempre permanecía allí.

En ocasiones se quedaba parada de pie, mirándole con los ojos muy abiertos.

Nunca me lo dijo pero sé que los demás no le importábamos. Con el tiempo he llegado a pensar que ni siquiera podía vernos. Ella solo le veía a él.

A veces, durante un segundo, mientras le miraba indefensa después de alguna indiferencia o desprecio, si te fijabas bien, dentro de aquellos ojos aparecía un destello de dolor y de desesperación. Pero en cuanto le llegaba, ella comenzaba a negar con la cabeza y aquello desaparecía en un instante.

Nunca los entendí, pero jamás me sumé a los intentos que hacían todos por separarlos.

Mirando sus ojos, llenos de luz en ella y llenos de oscuridad en él, supe que yo no podía interferir en algo que estaba hecho para estar unido.

Y pese a todo, sentí que les envidiaba.

Ando perdida

Ese debería ser el título de mi vida, “Ando perdida”

Pero es que desde siempre me cuesta interpretar el mundo. Nunca me ha importado ser rara porque soy consciente que tengo una especie de “rareza” entrañable que, por lo general, no aleja a los demás de mí.

Pero es bastante incómodo ser yo. Terminas por acostumbrarte pero si pudiese cambiar, no sería así.

Cuando era más joven, iba siempre como un perrillo necesitado buscando guía para entender las cosas. Al final aquella estrategia (en una historia que es solo mía) casi termina conmigo, así que decidí dejar de buscar guías y manejarme yo sola en esta realidad por más complicada que me pareciese.

Siempre ando perdida. Y me cuesta orientarme.

Últimamente me despista muchísimo el miedo a vivir que percibo en todo el mundo.
La gente se queja de lo rápido que pasa el tiempo. Comentan que fulanito se ha quedado en el sitio de un infarto o que menganita lo está pasando fatal porque le han detectado un cáncer.

Estamos rodeados de recordatorios de lo breve que es todo. Los años se van corriendo como cabrones. Estamos a punto de despeñarnos de esta existencia y aún así, la gente que me rodea tiene miedo a vivir.

Me he equivocado muchísimo. Tanto que he llegado media rota y despedazada a la vida adulta.

Y como soy rara pero no estúpida, he aprendido a cuestionarme las cosas cuando veo que los demás se ponen todos de acuerdo para tomar un camino diferente al mío.

Así que ando perdida. ¿No será que tienen razón?

Quizás lógico es parapetarte del posible sufrimiento y mantente en un línea confortable y segura.

Pero, ¿Qué sentido tiene eso si no hay posibilidad de conservar nada de esta vida cuándo hayamos muerto?

Miedo a querer hasta que te revienten los pulmones.
Miedo a ser tan libres que hasta los Dioses nos odien de envidia.
Miedo a la tristeza y a la pena que nos vuelve más humanos y creativos.
Miedo a la pasión. Esa pasión que es la única que nos conecta de verdad con esta existencia.
Miedo al miedo.

Yo qué sé. Estoy de nuevo parada pensando porque ando perdida.

Ahora ya no puedo ir buscando maestros que me digan cuales son las respuestas y eso me parece francamente mal, porque a mí lo que realmente me gusta, es hacer las preguntas.

8 meses

Me llamo Andrea Romil, tengo casi 31 años y durante 8 meses de mi vida, no pude dormir sin bragas.

Nunca me ha gustado meterme en la cama con ropa, me agobia dormir así. Soy muy friolera, pero prefiero helarme de frío a la sensación de asfixia que me produce tener el pijama puesto debajo de las mantas.

Y no hablemos ya de lo que pienso de intentar dormir con calcetines. En algún momento alguien debería proponer penas de cárcel para la gente que hace eso de acostarse con esa especie de guantes para los píes.

Duermo desnuda desde que era pequeña y nunca me había planteado dejar de hacerlo hasta que conocí a Eneko, ese vasco cabrón que me tuvo durante casi un año cayéndome de sueño por las esquinas.

Soy ingeniera industrial, y desde el primer día que pisé la escuela de ingeniería supe que con ese título no me iba a quedar más remedio que salir de Extremadura.

Justo antes de presentar el proyecto de final de carrera me pasaron una oferta para irme a trabajar a Madrid. No pagaban demasiado pero era una empresa de esas grandes donde se supone que puedes ir ascendiendo hasta llegar a convertirte en “alguien”.

Contesté la oferta y a las dos semanas de haber terminado ingeniería, ya me estaba mudando.

Los primeros meses fueron un poco caóticos. Aquella ciudad me estresaba y no terminaba de organizar mi vida allí.

Hice amigos muy rápido y entre el trabajo, perderme en el metro y las noches de juerga con unos y otros, los días pasaban sin darme casi cuenta.

Una tarde, mientras cruzaba la calle estuve a punto de morir atropellada por un coche.

Me alegré mucho al ver que era un Audi de los más caros, pensé que en caso de haber muerto, a mi familia le habría alegrado mucho saber que no lo había hecho de cualquier manera. Si hay que morir, al menos, que sea con clase.

Una vez que comprobé que no estaba muerta, me puse a chillarle como una loca al conductor de aquel cochazo.

Que fuera rico no le eximía de ser un auténtico gilipollas y yo, me veía en la necesidad de informarle al respecto.

Cuando salió Eneko, mi tono de voz bajó unos cuantos decibelios.

Había estado a punto de matarme un tío que estaba buenísimo. Eso a mi madre no le habría consolado en absoluto pero igual a mí, ya desde la otra vida, me daría una pizca de satisfacción.

Nos llenan la cabeza con tanta mierda que, durante unos segundos, no pude evitar fantasear con la idea de que había conocido a mi príncipe azul. Guapo y rico como en las películas de Richard Gere.

Así que cuando me acerqué a aquel hombre alto y guapo con la intención de seguir haciéndome la ofendida con el fin de que me pudiese rescatar de mi enfado, me quedé alucinando al escucharle decir:

—No puedo pararme. Le acabo de robar el coche al hijo de puta de mi jefe y viene siguiéndome. ¿Subes?

Y por supuesto, como haría cualquier ingeniera extremeña razonable ante un ladrón de coches que acaba de estar a punto de matarla, me subí al Audi.

No sé en qué pensaba ese momento. Lo único de lo que estoy segura ahora, una vez que ha pasado el tiempo, es de que nunca me habría podido imaginar que por culpa de aquel hombre que conducía como si nos persiguiese el mismo diablo, iba a pasar los siguientes 8 meses durmiendo con bragas.

……

¿Continuará?

11 de marzo

Asustado, mandaste a buscarme

Tú eras tan importante, cada día más y más grande

Y yo, tan absurdamente pequeña

¡Cómo y cuánto cuidabas de mí!

Con tanto poder, que ya ni el viento se atrevía a acariciarme el pelo

Me protegías del mundo

Pero nada ni nadie en el mundo, podían protegerme de ti.

Esto no tiene ningún sentido

—Te llevo veinte putos años. Esto no tiene ningún sentido.

Aquello iba de mal en peor y decirle que “no estaba dispuesta aceptar la culpa de aquello también” no mejoró mucho las cosas.

Tengo que convivir con mi extravagante sentido del humor, pero en algunos momentos me dan ganas de metérmelo a mí misma por el culo. Al verle la cara ante mi respuesta pensé que aquel era uno de esos momentos.

Estaba muy agobiado y yo no le estaba ayudando. Pero es que si allí había alguien con derecho a no tener ni jodida idea de como gestionar aquella situación, esa era yo.

Cuanto más se agobiaba él, más sentía que me enfadaba yo.

¡No era culpa mía! Cierto que suya tampoco. Pero, desde luego, aquello no era mi culpa.

Se suponía que mi papel era el de la jovencita ingenua que se deja seducir. Cierto es que conociéndome no era muy creíble que yo hubiese asumido ese rol, pero quería pensar que las circunstancias me daban derecho a pensar que era así. Desde la primera vez que nos acostamos, yo tenía preparada mi digna salida de aquello convenciéndome en lo mucho que me había manipulado aquel señor mayor cabrón.

Pasaría unas semanas de bajón y,luego, a otra cosa mariposa. Los dos habríamos jugado, nos habríamos divertido, y a seguir con nuestras vidas.

Sería tan solo un drama cutre de amantes clandestinos de esos muchos que hay por ahí. Nada reseñable. Un recuerdo simpático y algo emocionante que recordar de cuando en cuando una vez que hubieran pasado los años.

¡Lo que pasó luego con aquello del amor no era culpa mía y de hecho yo era la mayor víctima de todo aquello!

¿Qué coño iba a saber yo de eso si no me había pasado nunca?, no lo podía ver venir porque no sabía reconocerlo. Pasó y él, aún sabiendo hacia dónde íbamos, ni lo había parado ni había tenido el detalle de haberme avisado.

Y ahora me miraba angustiado esperando que yo terminase con aquello e hiciese lo único sensato que se podía hacer.

Yo, la que era casi una niña. Yo, la que no tenía ni idea de nada. Yo, la que tenía 20 años menos de experiencia. Yo tenía ahora la responsabilidad de hacer lo que él no era capaz ni de pensar.

Mi enfado iba en aumento al mismo ritmo al que crecía su nivel de desesperación.

—Eres demasiado guapa. Eres una mujer preciosa. Esto no tiene ningún sentido.

Me sentía incapaz de decirle nada. Solo me concentraba en no abofetearle que era lo que me pedía el cuerpo cada vez que repetía que aquello no tenía sentido.

Pues claro que no tenía sentido.

Él era mi Dios, mi único y verdadero Dios. Y de pronto, aquella deidad temblaba de inseguridad solo por haber sido capaz de admitir que estaba enamorado de mí.

Supongo que los dioses no se enamoran pero nunca pensé que si por casualidad les pasaba, eso les rompería tanto todos sus esquemas vitales.

¿Cuánto tiempo llevábamos follando a escondidas? Meses y meses. Y él nunca se había sentido inseguro. Al revés, cuando nos encontrábamos en algún lado de la ciudad y me miraba, se veía su satisfacción y su sensación de triunfo desde muchos metros a lo lejos.

Y de pronto estaba aterrorizado.

Y yo enfadada. Tan enfadada como nunca pensé que podría llegar a estarlo.

No podía ni hablar pero a él parecía no importarle el silencio. Lo rompía de vez en cuando para recordar uno de los puntos de la lista que hacían que aquello no tuviera sentido, y se volvía a quedar pensativo.

Y no me soltaba la mano. Ese era uno de los motivos por los que mi enfado iba aumentando. Enumeraba todas las razones por las que no podía seguir queriéndome mientras me acariciaba la mano sin soltármela nin por un segundo.

Quería convencerme de que me fuera pero me sujetaba con firmeza para impedirme que pudiera llegar a hacerlo.

Estaba tan asustado que ni siquiera se acordaba de que necesitaba fumar. Y yo sabía que le hacía falta. Le conocía tanto que sabía perfectamente cuando sus pulmones le estaban reclamando su dosis de nicotina.

Le conocía tanto que lo sabía todo sobre él. Cuándo estaba enfadado o cuándo había tenido un día horrible en el hospital. No necesitaba que me dijese nada, simplemente con mirarle podía verle por dentro. A veces le besaba y le llevaba a la cama sin hablar. Otras me sentaba a su lado en el sofá y dejaba que me abrazase mientras su cabeza se iba a otra parte.

Y aún conociéndole tanto, ¿no había sido capaz de darme cuenta de que nos habíamos enamorado?

Por más enfadada que estuviese, no podía engañarme a mí misma.

¡Sí lo sabía! Lo supe aquella noche pero no fui capaz de asumirlo y dejé la certeza escondida en algún rincón oscuro de mi cerebro porque no sabía bien qué debía de hacer con ella.

Esa noche no habíamos follado. Esa noche supe que, por primera vez en mi vida, había hecho el amor.

Y mientras recordaba aquella noche, miré su mano que seguía acariciando y apretando la mía y luego miré su cara pensativa tan llena de preocupación.

—¡Fúmate un cigarro!—Le dije acercándole con mi mano libre la cajetilla que había dejado encima de la mesa —. Cuando lo termines, nos iremos al cama, pasaremos toda la noche haciendo el amor y mañana ya veremos qué hacemos tú y yo con todo este absurdo que no tiene ningún sentido.

Mi enfado y su miedo desaparecieron en cuanto terminé de decir la última palabra.

Te perdoné

Te perdoné en el mismo segundo en el que tú terminaste de destruirme.

Deseaba con toda mi alma pedirte que recogieras los pedazos de lo que sin remordimientos, tú mismo habías destrozado.

Quedarme en ti porque fuera de ti yo me quedaba en nada.
Fuera de ti me quedaba sin nada.

Si apoyaba, una última vez mi cabeza en tu pecho, podría escuchar latir tu corazón y todo volvería a reiniciarse de nuevo.

Volver al principio, volver a nuestra arena húmeda.

Volver a quererte con alegría y dejar de amarte con angustia y miedo.

Volver a ser querida sin saber que me había convertido en una posesión y en un anhelo.

Te perdoné. Justo un instante antes de que mis cenizas se cayesen al suelo por última vez.

Pero en lugar de quedarme a escuchar latir tu corazón, salí corriendo para guardar los pocos latidos que ya quedaban dentro del mío.

A ti hace siglos que te perdoné, a mí, no sé si sabré llegar a perdonarme alguna vez por aquella huida.